Los sistemas de climatización en oficinas y espacios laborales se basan en estándares de confort térmico establecidos en la década de 1960. Estos parámetros fueron diseñados tomando como referencia a un hombre promedio de 40 años, 70 kilogramos de peso y vestido con traje y corbata. Este modelo no considera las diferencias fisiológicas y metabólicas entre géneros.
Estudios han demostrado que las mujeres, en promedio, tienen una tasa metabólica basal más baja que los hombres, lo que implica que generan menos calor corporal y, por ende, pueden sentir más frío en ambientes con aire acondicionado. Además, la vestimenta típica femenina en entornos laborales suele ser menos abrigada que la masculina, exacerbando esta sensación de frío.
Trabajar en un ambiente demasiado frío puede afectar negativamente la productividad y el bienestar de las empleadas. Un estudio de 2019 reveló que las mujeres rinden mejor en pruebas cognitivas y de aritmética cuando la temperatura ambiente es más alta, mientras que los hombres muestran un rendimiento óptimo en temperaturas más bajas.
El término micromachismo se refiere a aquellas prácticas sutiles y normalizadas que perpetúan la desigualdad de género. La configuración de sistemas de aire acondicionado sin considerar las necesidades térmicas de las mujeres es un ejemplo de cómo estándares aparentemente neutrales pueden tener sesgos de género.
Para abordar este problema, es esencial:
La temperatura en los espacios laborales no es una cuestión trivial. Reconocer y abordar las diferencias de confort térmico entre géneros es un paso importante hacia la creación de entornos de trabajo más equitativos e inclusivos. Al adaptar los sistemas de climatización a las necesidades de todas las personas, no solo se mejora el bienestar individual, sino también la eficiencia y armonía en el lugar de trabajo.
La inspiración para escribir este artículo nació a partir de la publicación del presente video:
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